domingo, 22 de septiembre de 2013

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Coloquio del destino*

Hoy me desperté ilusionada porque vi que la luz que traspasaba la ventana era más intensa que la de ayer, supuse que era un día bien primaveral. Soleado, con los pajaritos cantando... y me sentí mejor.
La primavera hace que a uno, sin siquiera quererlo, le cambien las energías, esa idea utópica de que es tiempo del amor, de andar de la mano caminando con alguien más. Sabiendo que eso se puede hacer en cualquier estación del año.
Suposiciones tontas que a veces llamamos  ilusión. 
Hace ya un par de meses vengo insistiendo en que: vivimos de ilusiones. Son esas pequeñas esperanzas que nos mantienen vivos para decir que mañana puede ser mejor que ayer, incluso mejor que el hoy mismo.
Hay tantas cosas que nos imponemos... ideales que se contagian como peste, pero ¿hasta qué punto pueden ser una peste asesina? ¿Una pandemia? La única asesina serial es la muerte misma y le tememos como si nos corriera todo el tiempo con una cuchilla oxidada, corremos de ella como creyendo poder ganarle. Utopías de nuevo. Ella llega de una sola vez, de un golpe y sin dudarlo... ¿de qué dudamos nosotros?
Hasta dónde llegan los límites de nuestros miedos, hasta dónde nos limitan a nosotros. Dicho de otra manera: ¿hasta dónde nos limitamos nosotros mismos?
Este año me propuse ser ilimitada, si bien mis raíces tiran fuerte cuando siento que tropiezo, son estas alas nuevas... remodeladas, las que me impulsan a seguir. Increíble es la fuerza que tiene uno mismo para derrotarse u obtener la gloria, areté como deseara un griego.
Este año, que se pasó más que rápido me lo adueñé. Si bien me distancié de muchas cosas, gané tantas otras que no duele... Gané tanta fuerza interior que vencí de una vez por todas ese miedo que tanto me limitaba, ese miedo idiota a estar sola. Lo senté frente a mi, lo cuestioné... Me pregunté ¿para qué temer a eso? Acaso hay que temerle al silencio, al sonido de nuestros pensamientos, a estar con nosotros mismos... Si somos nuestra mejor compañía.
Despejado esto, me armé con mi propia libertad un convenio, le dije que juntas iríamos lejos. Porque ese era mi plan desde siempre, solo faltaban ganas de realizarlo. Y bien sabido tengo que hay que dejar de pensar tanto para hacer que nuestros sueños dejen de ser ideas y pasen a ser realidad. Pensar menos, accionar más. Siempre con la cautela de cerca.
Y así llegué a todo esto, que me costó mucho, me dolió bastante... pero las heridas sanan, aunque puede que haya alguna cicatriz escondida entre tanta piel, de todos modos, no me impide seguir.
Mi amor por mi misma me ha salvado, ni hablar de lo bien que me ha hecho el amor que me brindan los demás. Es allí en donde recurro a mi cita de autoridad por excelencia: "Cada persona que pasa por nuestra vida es única. Siempre deja un poco de sí y se lleva un poco de nosotros. Habrá los que se llevarán mucho, pero no habrá de los que no nos dejarán nada. Esta es la prueba evidente de que dos almas no se encuentran por casualidad" (Jorge Luis Borges).
Es así como agradezco al universo mismo por hacernos humanos con imanes, por haber atraído a cada alma que llegó hasta mi... Todo eso que he recolectado y que se me han llevado: me hace la persona que soy.

lunes, 16 de septiembre de 2013

El corredor*

En otro lado de la ciudad, estaba él. Ya había desayunado, estaba listo para salir a correr como todas las mañanas. El aire lo renovaba, todos sus enojos se perdían en esa carrera que sólo jugaba él. Les ganaba cada mañana, pero caía el Sol y en el atardecer: perdía.
Estaba desesperado cuando brillaba la Luna, los recuerdos le hacían una guerra interminable. Sentía que no tenía nada, se sentía vacío. Solo deseaba dormirse hasta que su mente lo dejara en paz.
Todo se debía a que todas las noches, miraba la Luna a causa de una promesa: Si miraban este bello astro juntos, no importaría la distancia. Daban el presente y se susurraban "te extraño".
Al cabo de un año todo resultó en vano, María lo dejó porque la distancia le presentó a alguien más y Gian no insistió, aceptó la derrota.
Todas las noches se sentía culpable, si ella era el amor de su vida ¿por qué no luchó, por qué bajó tan fácilmente los brazos? Nunca se perdonaría. Esa adolescente lo hacía feliz, ahora que no la tenía más no existía razón para volver a abrir su corazón. Estaba demasiado roto, casi muerto.

Mientras brillaba el Sol, se bañaba en su luz y por cada bocanada de aire decía: no más. Ya no creía en el amor, era una roca gris sin sentimientos, apagado. Su placer tan solo sería satisfecho con encuentros casuales, sin nada que esperar. Ni siquiera un segundo llamado, para él existía únicamente el placer físico, no el de las almas. Eso sería para la muerte. La vida se siente.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Clara

Se levantó una mañana e intentó ver, a pesar de saber que era difícil, directo al Sol.
Alzó la mirada en el cielo, cumplió su cometido pero tuvo que refregarse con sus tibias manos esos ojos que se habían achinado. En el mismo instante sonrió y dijo "Gracias".
Se tiró hacia atrás, cayó sobre las rosadas colchas de su cama, en ese cómodo colchón que cada noche parecía hundirse mientras ella dormía.
Aun veía esa luz brillante en cada parpadeo, jugó a divisarlo en toda la habitación hasta que desapareció.
Bajó las escaleras con su pijama puesto y los pies desnudos, adoraba sentir el frío en cada paso, que se le hiciera la piel de gallina seguido de un cosquilleo que le corría la espalda. Sentir era su vicio.
Su perro se le acercó, moviendo fuertemente la cola. Lo ponía contento ver a su dueña, siempre recibía mimos a esta hora... Clara lo acarició un poco detrás de las orejas y salió corriendo. Dante, tomó posición y la siguió.
Cuando la mascota llegó afuera, entre todo el verde del pasto no halló a Clara. Miró por todos lados, correteó entre los árboles y sin embargo no la encontraba... Hasta que un ruido le llamó la atención. Sobre la copa del árbol estaba su dueña, respirando ese aire puro y bañándose con la luz del Sol. Quiso alcanzarla pero le fue imposible, no sabía trepar.
A veces Clara pensaba que Dante se sentía humano, quería imitarla en cosas que jamás podría hacer. De todos modos, eso no le molestaba, lo volvía particular. Suyo. Incluso a veces la inspiraba ver como un animal luchaba por ser algo más, todo un ejemplo. Nunca se daba por vencido, no al menos de manera sencilla.

Pasó la tarde y amaneció la noche, en toda la casa resonaba una canción alegre. Por la ventana se veía una silueta bailar apasionadamente... Estaba sola pero se veía feliz.

Viniste y te vas*

Quizá seas el alma que viene de visita y se va, saluda y al cabo de dos segundos se despide. Minutos en que, alineados como los planetas, logramos algo más allá.
Habremos sido una canción perdida en el viento, un beso en una película que nadie ve, personajes que viven únicamente cuando el lector lea nuestra historia. Nada más.
Intentamos ser más pero obteníamos un tropezón que se convertía en sismo. Terrible destino el de estas almas que alguna vez fueron una sola y hoy caminan separadas.
Feliz cada una, recolectando más felicidad junto a otras que se les acercan. Ya no duele el no mirarnos a los ojos y susurrarnos al oído.
Quizá seas el alma que vino de visita y se va. Buen viaje.