Había una niñita en un cumpleaños, como cualquier otra. Ya no tan arreglada como su madre la había dejado, sino bastante despeinada, con las hebillas algo flojas... empero su cara de alegría, sostenida a pesar del cansancio, lo justificaba todo.
Es que los grandes irán a los cumpleaños a comer, comer gratis. Pero los niños, esos sí que festejan. Ellos realmente saben hacer de cada sitio una fiesta, una aventura, un verdadero recuerdo, una anécdota digna de ser contada muchas veces.
Mientras algunos padres conversaban sobre el curso, las maestras, las clases perdidas y otras cosas de los grupos de "mamis y papis", los pequeños se dedicaban a jugar. Solo jugar.
En ese mundo, la imaginación hace lugar a todas las reglas, a todos los paisajes, los roles, las trampas y por qué no... imitaciones.
Los bajitos a veces imitan, copian, quieren ser como ¿Y quién no piensa así también en la vida adulta?
Y allí, en un costado de toda la escena, había dos adultos pero no tan grandes, conversando.
- Me encantaría hacer como estos nenes, un berrinche y todo solucionado. Es tan fácil.
- No a todos se le soluciona todo con berrinches, Camila. Otros aprenden que no es como ellos piden, no son todos caprichosos.
- ¿Me estás diciendo caprichosa, o me parece a mí? Respondió con una sonrisa entre dientes.
- ¡No! Jaja. Me hacés reír Camila, no te dije caprichosa, ¿vos crees que lo sos?
- Mmm... depende en qué (tocándose la pera con el dedo índice).
- Dale, contá lo que querés contar. Sino busco a Rami y me voy. Amenazó.
Tres segundos después, se escuchó con anhelo y un poco de duda:
"Nada, creo que con Rodrigo las cosas siempre pudieron ser diferentes. Como que si nos hubiésemos dado otra chance más, capaz estaríamos los dos acá comiendo en paz, re felices, ¿viste? Yo era feliz ahí, después no sé qué pasó..."
Y una respuesta bastante efusiva, muy frontal, fue dada:
"A mí deberían pagarme por esto. Si me dieran unos pesos por cada vez que me decís lo mismo, me gasto en responder y recordarte qué pasó... ya sería millonaria".
- Ay! Lucía, qué mala. Yo no te echo en cara cada vez que me decís algo que ya hablamos.
- No te echo en cara, Camila. Hay cosas que la verdad, si no querés entenderlas no las entiendas. Pero a mí dejame de dar vueltas con el tema Rodrigo porque no vas a conseguir la respuesta que querés, no conmigo.
- ¿A ver, cuál?, respondió Camila con una sonrisa colmada de picardía. Sabiendo la respuesta.
- "Y probá de nuevo", contestó Lucía haciendo la mímica de las comillas con sus dedos.
- No te cuesta nada decir eso, son cuatro palabras.
- Cuatro palabras que te condenan, porque no lo vas a hacer del todo hasta que alguien te las diga, ¿o me equivoco? Y otra vez era una respuesta desafiante.
- Yo no lo hago porque hay cosas que capaz no da que pasen de nuevo tal cual fueron, voy a ver. Viste que no ando bien, que tengo temitas míos todavía. Evitando y respondiendo, siempre entre bocados.
- Mirá Cami, ya sabés lo que pasó. Y creeme que a veces no es uno, son los dos. Así que si tanto quisieras que las cosas sean fáciles como le son a los nenes, miralo a Rami... Tiene un globo, y la verdad que se le nota que no lo quiere más. Le es molesto para jugar, encima es competitivo por demás.
Yo porque lo vi hacerlo antes, de hecho haría lo mismo.
- ¿Hacer qué? Dijo girándose a ver al hermano de su amiga.
Lucía lo señaló, le hizo una seña a su amiga para que esperara en silencio y después de tres minutos Ramiro soltó el globo. Y éste voló con el viento.
El pequeño no se sintió mal, de hecho se rió mientras lo vió irse cada vez más alto. Festejó aquello y salió corriendo rápido al encuentro con sus amigos para seguir jugando.
¿Ves Camila?, Rami sabe aún con menos de diez años que la solución, está en dejar ir. Seguro que la primera vez no le gustó nada, pero después aprendió que eso no le iba a hacer daño alguno. Y ahí lo ves, estaba contento por tener el globo pero como le impedía hacer todo lo que quería lo dejó. Ahora está más contento que antes.
Los nenes no se limitan tan fácil. Yo más que desear que todo sea tan sencillo como vos crees que es para los nenes, desearía poder aprender como ellos.
No creo que todo esté escrito, no es como lo que acá aparece que primero se plasma en una hoja y después recae donde se lo ve. Más bien tengo la creencia de que somos imanes caminando por la vida, que si estamos bien atraemos cosas lindas y sino será al revés. Soy lo que doy, recibo lo que doy. Me cruzo con más gente que hace lo mismo.
miércoles, 23 de agosto de 2017
viernes, 28 de octubre de 2016
Canción
La escuché atenta ese día, juro que nunca la vi hacerse un bollito así. Se veía tan pequeña y al mismo tiempo su enojo consigo misma era tan grande, que no entendí cómo una cosa encajaba en otra. (Quizá realmente sí somos un universo por dentro).
Cuestión que este micro-universo abrió la boca porque tenía un pequeño secreto que contar. Entre amigas es así, los secretos se airean y tal vez, así logremos refrescarnos entre nosotras, o será tirar por tirar... para restarle peso a la mochila.
Clara siempre cargaba su mochila, quizá no de culpas. Sí de muchos perdones, pero yo creo que esos perdones después se volvían su culpa así que terminaban siendo lo mismo. Como un masacote en donde no se puede diferenciar la harina del agua.
A Clara puede que no le costara perdonar a los demás, pero sí le pesaba (le pesa) perdonarse a sí misma, porque considera libres a todos, no le gusta juzgar, sin embargo se juzga a sí misma como si errar fuera humano pero no de ella. Ella es extraterrestre.
A veces un abrazo le alcanza, otras un té. Miles de veces le fue suficiente salir a correr con su querido Dante, pero esta vez no pudo callar más.
Recuerdo que vino con todas las intenciones del mundo de hablar de otras cosas, del futuro, de la expo-carreras, de lo lindo que era el día. Y no pudo.
Al cabo de tres chistes y su típico "por algo serán las cosas, muchísimo se trata de elegir"... dijo:- Y yo elegí de una manera estúpida.
No suele hacer estas cosas, entiéndase mi perplejidad. ¿Desde cuándo Clara, mi loca amiga Clara, tira migajas para que uno le pregunte?
- No entiendo. Le respondí cortante, como si fuese un chiste de mal gusto.
- Que elegí de manera estúpida, idiota. Sin consideración. (Conciso y al pié)
- ¿Qué elegiste?, idiotas somos muchos. Sino el mundo sería otro, jaja.
[ Y mi risa no cambió nada]
- ¿Vos crees que nos podemos enamorar con miedo? Me dijo sin más.
- Sí. Bah!, supongo. No creo haberme enamorado todavía.
- Yo creo que me enamoré fugaz, ¿sabés? Así, sin ganas pero rápido. Como esas noches pasionales que se cuentan en las películas o las novelas. O como esos hijos que uno no se espera... y bueno, ahí están. Pasan.
- ¿A qué viene esto, Clari?
- A que te quería contar algo hace mucho. Pero me considero tan tonta que realmente a veces me apena a mí misma.
- Arrepentirse no es de tus cualidades.
- No. Pero te juro que esta vez me arrepiento de algo. (Y lanzó una risa tímida, como pidiendo perdón)
- A ver... yo soy tu cajón de secretos.
La miré fijo, pero con ternura. Como a los nenes que están en medio de una indecisión.
- Una vez, conocí a un chico. Cumplía con todas las boberías que una pide. Esos estereotipos sacados de revista y televisión. Perfecto, ponele.
Pero el pibe tenía tantos laberintos que te juro por lo que más quieras que no podía perderme más y tampoco quería en ese momento. Ya me estaba agotando la paciencia. Pero yo lo quería querer, yo lo quería. Y no sé si a veces lo sigo queriendo.
Y lo gracioso es que lo conocí con miedo, después con confianza y se terminó dando sin prejuicios. Una vez, dos, tres, treinta. Y no me alcanzó, porque si pudiera volver a un minuto en particular entre todas esas veces que lo vi... cambiaría algo. Y así capaz que todavía lo estaría viendo.
- ¿¡Qué hiciste!? Le respondí con preocupación mientras ella tomaba aire, o coraje. No sé.
- JAJA. Hay minutos que pueden ser tan insignificantes para unos, y tan valiosos para otros. Qué locura, qué locos somos. Y me sigo sorprendiendo. (Liberó tensión y siguió)
Una de esas últimas veces, que simulaban una despedida pero después no lo eran, me dijo que me iba a extrañar. Yo cansada de perderme, de no saber a dónde ir, le respondí que no. Tal vez esperaba otra cosa, él o yo. Pero claramente no conectamos en esos 20 segundos.
Acto seguido nos despedimos como tantas veces más. Sin embargo, yo creo que algo cambié con esas palabras.
¡A veces me arrepiento tanto de no haberle dicho otra cosa! Fui tan egoísta como él lo había sido antes con otras cosas, que por cargarme un escudo terminé cargando una piedra de dudas. ¿Y si hubiese sido distinto?, ¿Y si esa era la salida del laberinto?, ¿Y si esa era la oportunidad de darnos una oportunidad?, ¿Cuándo se me va a ir el arrepentimiento?.
Yo sé que hay noches por todo el mundo. Noches en vela, noches cansadas, noches largas, noches de furia, noches de a dos, de a tres, de a no sé cuántos. Noches solitarias, de risas, de llanto. Yo sé que las hay. Hay tantas noches como personas. Pero en las mías, cada tanto hay una noche que resuena y resuena como una canción que te encanta o que de puro masoquismo la volvés a escuchar, para ver cuán profundo duele, hasta cuánto la soportas. Y mi canción es esa, ese "Yo no" que podría haber sido un "Yo también".
Qué idiota... idiota, idiota, idiota. Porque el tren siguió y yo me quedé acá, entre lamentos. Y no hice más nada antes de verlo partir.
- Clari, vos misma decís que hay cosas que tiene que ser.
- Sí, lo sé. Me consuelo a mí misma diciendo que eso no fue porque yo elegí que no fuera. Me tuve que enseñar a mí misma que hay cosas que no son, pero con el tiempo uno puede querer que sean.
- Deja que el tiempo te enseñe también a que quizá no es para hoy pero sí para mañana. Le dije mientras le daba un abrazo.
- Gracias. Respondió con su pera en mi hombro y un nudo en la garganta.
Tal vez hay personas que se merecen seguir siendo misterio, porque ahí guardan su magia. Pero ojalá yo también sea de vez en cuando una de esas canciones de sus noches... en el buen sentido. Un buen recuerdo.
- Y bueno amiga, tomalo así vos también. Que no sea una canción triste, convertilo en un buen recuerdo. No te culpes más.
- Ojalá alguna vez podamos bailarnos juntos de nuevo. Y así pedirle perdón.
Cuestión que este micro-universo abrió la boca porque tenía un pequeño secreto que contar. Entre amigas es así, los secretos se airean y tal vez, así logremos refrescarnos entre nosotras, o será tirar por tirar... para restarle peso a la mochila.
Clara siempre cargaba su mochila, quizá no de culpas. Sí de muchos perdones, pero yo creo que esos perdones después se volvían su culpa así que terminaban siendo lo mismo. Como un masacote en donde no se puede diferenciar la harina del agua.
A Clara puede que no le costara perdonar a los demás, pero sí le pesaba (le pesa) perdonarse a sí misma, porque considera libres a todos, no le gusta juzgar, sin embargo se juzga a sí misma como si errar fuera humano pero no de ella. Ella es extraterrestre.
A veces un abrazo le alcanza, otras un té. Miles de veces le fue suficiente salir a correr con su querido Dante, pero esta vez no pudo callar más.
Recuerdo que vino con todas las intenciones del mundo de hablar de otras cosas, del futuro, de la expo-carreras, de lo lindo que era el día. Y no pudo.
Al cabo de tres chistes y su típico "por algo serán las cosas, muchísimo se trata de elegir"... dijo:- Y yo elegí de una manera estúpida.
No suele hacer estas cosas, entiéndase mi perplejidad. ¿Desde cuándo Clara, mi loca amiga Clara, tira migajas para que uno le pregunte?
- No entiendo. Le respondí cortante, como si fuese un chiste de mal gusto.
- Que elegí de manera estúpida, idiota. Sin consideración. (Conciso y al pié)
- ¿Qué elegiste?, idiotas somos muchos. Sino el mundo sería otro, jaja.
[ Y mi risa no cambió nada]
- ¿Vos crees que nos podemos enamorar con miedo? Me dijo sin más.
- Sí. Bah!, supongo. No creo haberme enamorado todavía.
- Yo creo que me enamoré fugaz, ¿sabés? Así, sin ganas pero rápido. Como esas noches pasionales que se cuentan en las películas o las novelas. O como esos hijos que uno no se espera... y bueno, ahí están. Pasan.
- ¿A qué viene esto, Clari?
- A que te quería contar algo hace mucho. Pero me considero tan tonta que realmente a veces me apena a mí misma.
- Arrepentirse no es de tus cualidades.
- No. Pero te juro que esta vez me arrepiento de algo. (Y lanzó una risa tímida, como pidiendo perdón)
- A ver... yo soy tu cajón de secretos.
La miré fijo, pero con ternura. Como a los nenes que están en medio de una indecisión.
- Una vez, conocí a un chico. Cumplía con todas las boberías que una pide. Esos estereotipos sacados de revista y televisión. Perfecto, ponele.
Pero el pibe tenía tantos laberintos que te juro por lo que más quieras que no podía perderme más y tampoco quería en ese momento. Ya me estaba agotando la paciencia. Pero yo lo quería querer, yo lo quería. Y no sé si a veces lo sigo queriendo.
Y lo gracioso es que lo conocí con miedo, después con confianza y se terminó dando sin prejuicios. Una vez, dos, tres, treinta. Y no me alcanzó, porque si pudiera volver a un minuto en particular entre todas esas veces que lo vi... cambiaría algo. Y así capaz que todavía lo estaría viendo.
- ¿¡Qué hiciste!? Le respondí con preocupación mientras ella tomaba aire, o coraje. No sé.
- JAJA. Hay minutos que pueden ser tan insignificantes para unos, y tan valiosos para otros. Qué locura, qué locos somos. Y me sigo sorprendiendo. (Liberó tensión y siguió)
Una de esas últimas veces, que simulaban una despedida pero después no lo eran, me dijo que me iba a extrañar. Yo cansada de perderme, de no saber a dónde ir, le respondí que no. Tal vez esperaba otra cosa, él o yo. Pero claramente no conectamos en esos 20 segundos.
Acto seguido nos despedimos como tantas veces más. Sin embargo, yo creo que algo cambié con esas palabras.
¡A veces me arrepiento tanto de no haberle dicho otra cosa! Fui tan egoísta como él lo había sido antes con otras cosas, que por cargarme un escudo terminé cargando una piedra de dudas. ¿Y si hubiese sido distinto?, ¿Y si esa era la salida del laberinto?, ¿Y si esa era la oportunidad de darnos una oportunidad?, ¿Cuándo se me va a ir el arrepentimiento?.
Yo sé que hay noches por todo el mundo. Noches en vela, noches cansadas, noches largas, noches de furia, noches de a dos, de a tres, de a no sé cuántos. Noches solitarias, de risas, de llanto. Yo sé que las hay. Hay tantas noches como personas. Pero en las mías, cada tanto hay una noche que resuena y resuena como una canción que te encanta o que de puro masoquismo la volvés a escuchar, para ver cuán profundo duele, hasta cuánto la soportas. Y mi canción es esa, ese "Yo no" que podría haber sido un "Yo también".
Qué idiota... idiota, idiota, idiota. Porque el tren siguió y yo me quedé acá, entre lamentos. Y no hice más nada antes de verlo partir.
- Clari, vos misma decís que hay cosas que tiene que ser.
- Sí, lo sé. Me consuelo a mí misma diciendo que eso no fue porque yo elegí que no fuera. Me tuve que enseñar a mí misma que hay cosas que no son, pero con el tiempo uno puede querer que sean.
- Deja que el tiempo te enseñe también a que quizá no es para hoy pero sí para mañana. Le dije mientras le daba un abrazo.
- Gracias. Respondió con su pera en mi hombro y un nudo en la garganta.
Tal vez hay personas que se merecen seguir siendo misterio, porque ahí guardan su magia. Pero ojalá yo también sea de vez en cuando una de esas canciones de sus noches... en el buen sentido. Un buen recuerdo.
- Y bueno amiga, tomalo así vos también. Que no sea una canción triste, convertilo en un buen recuerdo. No te culpes más.
- Ojalá alguna vez podamos bailarnos juntos de nuevo. Y así pedirle perdón.
domingo, 13 de septiembre de 2015
Vacunas
A veces lo que buscamos no está ahí afuera, está adentro y
no sabemos verlo. Tal como si no pudiésemos observarnos a nosotros mismos ante
el espejo, o quizá como si hubiese algún tipo de negación que nos tapa los
ojos. Nos ciega.
Tanto buscamos, anhelamos hallar… y está allí, donde no supimos descubrirlo.
Creo que así funcionan los miedos también, están ahí. Aquí y ahora. Absolutos, constantes, fuertes pero tal vez, solo tal vez, un poco escondidos. Habrá quienes puedan verlos y hacernos caer en cuenta de ello o sucederá que los vemos en los demás porque… tenemos el modo de identificarlos. Explíquenme entonces, ¿cómo se identifica algo si no es ya coniciéndolo? (qué maleante esta empiria).
Yo conozco muchos miedos porque los he transitado y bueno, no se han marchado. Les cambié el nombre por “lecciones” pero al fin y al cabo, en su esencia siguen siendo los mismos. Súper fieles.
Ojalá nosotros fuésemos así para con nosotros mismos, tenernos esa fidelidad y compromiso de pase lo que pase, se gasten las pilas de relojes que fuera… ser nosotros. Muchas veces nos vemos obligados a amoldarnos, esa cosa darwiniana de subsistir para ser mejores, empero… si ser mejores nos roba la esencia, ¿no es que dejamos de ser nosotros y pasamos a ser otro? Ese otro que hasta hace no tanto nos era ajeno, como si una vacuna viniese a pincharnos con un virus y nuestros anticuerpos actuasen y ya no nos fuese tan distinto. Ahora es parte de uno, ¡está en mí y de a poco vienen más y más vacunas llenándome más y más! ¿Hasta qué punto dejan de rellenarme y sigo ahí? ¿o soy solo un envase?.
Tengo la manía de reciclarme cada tanto, “borrón y cuenta nueva” le llaman algunos. Prefiero llamar a este proceso: crecer. Me tomo mi tiempo, me examino, evalúo y aquello que no es útil… se va. Cuesta dejar cosas atrás, nos han sido útiles en algún entonces pero no todo es perdurable por siempre. Las cosas se gastan.
Así no llego a perderme, cuando una de estas vacunas ya ha vencido, antes de caer en cama hago limpieza. Cambio prioridades pero por sobre todas las cosas, me tomo la modestia de que aquello que me es esencial no se vaya.
Mi mescolanza de cosas logra que varíe en colores… y si hay algo que intento no cambiar siempre es que esa transparencia que a mi frasco caracteriza siga existiendo. Aquella es mi esencia, la transparencia por sobre todas las cosas. Ahí me soy fiel, con mis miedos cambiados de nombre pero con mis seguridades que los nombran.
Allá donde me importaba más el qué dirán… ahora prevalece el “lo digo porque pienso”. Y ese temor deja de ser inseguridad para volverse fortaleza.
Tanto buscamos, anhelamos hallar… y está allí, donde no supimos descubrirlo.
Creo que así funcionan los miedos también, están ahí. Aquí y ahora. Absolutos, constantes, fuertes pero tal vez, solo tal vez, un poco escondidos. Habrá quienes puedan verlos y hacernos caer en cuenta de ello o sucederá que los vemos en los demás porque… tenemos el modo de identificarlos. Explíquenme entonces, ¿cómo se identifica algo si no es ya coniciéndolo? (qué maleante esta empiria).
Yo conozco muchos miedos porque los he transitado y bueno, no se han marchado. Les cambié el nombre por “lecciones” pero al fin y al cabo, en su esencia siguen siendo los mismos. Súper fieles.
Ojalá nosotros fuésemos así para con nosotros mismos, tenernos esa fidelidad y compromiso de pase lo que pase, se gasten las pilas de relojes que fuera… ser nosotros. Muchas veces nos vemos obligados a amoldarnos, esa cosa darwiniana de subsistir para ser mejores, empero… si ser mejores nos roba la esencia, ¿no es que dejamos de ser nosotros y pasamos a ser otro? Ese otro que hasta hace no tanto nos era ajeno, como si una vacuna viniese a pincharnos con un virus y nuestros anticuerpos actuasen y ya no nos fuese tan distinto. Ahora es parte de uno, ¡está en mí y de a poco vienen más y más vacunas llenándome más y más! ¿Hasta qué punto dejan de rellenarme y sigo ahí? ¿o soy solo un envase?.
Tengo la manía de reciclarme cada tanto, “borrón y cuenta nueva” le llaman algunos. Prefiero llamar a este proceso: crecer. Me tomo mi tiempo, me examino, evalúo y aquello que no es útil… se va. Cuesta dejar cosas atrás, nos han sido útiles en algún entonces pero no todo es perdurable por siempre. Las cosas se gastan.
Así no llego a perderme, cuando una de estas vacunas ya ha vencido, antes de caer en cama hago limpieza. Cambio prioridades pero por sobre todas las cosas, me tomo la modestia de que aquello que me es esencial no se vaya.
Mi mescolanza de cosas logra que varíe en colores… y si hay algo que intento no cambiar siempre es que esa transparencia que a mi frasco caracteriza siga existiendo. Aquella es mi esencia, la transparencia por sobre todas las cosas. Ahí me soy fiel, con mis miedos cambiados de nombre pero con mis seguridades que los nombran.
Allá donde me importaba más el qué dirán… ahora prevalece el “lo digo porque pienso”. Y ese temor deja de ser inseguridad para volverse fortaleza.
martes, 6 de enero de 2015
De un aprendido a un aprendiz
Alguna parte del mundo, en el momento justo.
Querida persona,
Han pasado las horas necesarias, ni de más ni de menos , como para recapacitar todo lo acontecido. Me han dicho que cada lección requiere su tiempo, a veces por la complejidad de ésta y otras tantas (la mayoría) por el aprendiz; es en mi caso que he sido un alumno terco pero a todos nos llega a iluminar el poder saber ¡Qué alivio!
¿Sabes? he estado consultando con la almohada y coincidimos con ella en que aquí hay solo una solución: soltar.
Será que queremos aferrarnos a cosas para sentirnos estables, pues... lo estable es lo que se mantiene fijo, ¿verdad? Pero no es así, ese no es el camino por el que he optado. Lo siento pero no quiero estabilidad.
A mi me atrapa la rutina y siento morir algo poco a poco, tan lento que casi no se nota hasta que llega a su final. La monotonía me tensa, me es trágica, me es insana, me genera rechazo. Yo prefiero la libertad de lo inestable, lo divertido de hallar algo nuevo cada día, vivir las cosas como si mañana no fuesen a pasar de nuevo, lo improbable es lo que me revitaliza cada amanecer. Admito, sí, que tengo cosas estables pero en ellas -que son pocas- resolví buscar lo distinto, lo que hace único a ese algo.
He concluido, también, que los recuerdos son bellas películas que guardadas quedan en una enorme biblioteca, infinita como el Universo y con tantos estantes como memorias. Puede suceder que algo presente nos lleve de viaje a un recuerdo pero de todos modos ese quedará allí, quieto. Y no hay que atarse a esos, hay que usarlos como puente, como la fuente de sabiduría que son.
Ten en cuenta que forman parte de cada uno, hay compartidos e individuales pero creo yo que cada quien los clasifica según su gusto; ten en cuenta que no todo significa lo mismo para todos, hay recuerdos que se asoman muy de vez en cuando y ya no se sienten como ayer. Se los mira distinto, incluso a veces ni siquiera se aprecian. Además, de que hay infinidad de desatadores. Inimaginable.
Entonces, soltemos. Liberemos a los otros y liberémonos a nosotros mismos. Seamos sanos, crezcamos, seamos inteligentes.
Perdonemos. Eso que tanto me ha costado a mi, perdonar.
Donde empezó mi perdón, terminó nuestra culpa y comenzó mi felicidad. Ojalá la tuya también.
Atte.: un alumno.
martes, 18 de noviembre de 2014
Cosas que cuestan *Las raíces de Clara 2*
- Mamá, ¿a dónde vas? Dijo la niña con una mirada
inocente y preocupada.
- A hacer unas fotos, mi vida. Mami tiene que
trabajar y traer cosas lindas para que veas. Te van a encantar, hoy mis modelos
van a ser caballos.
- ¿Puedo ir?
- Perdoname, hoy no va a poder ser. Te prometo que
mañana sí. Dijo para calmar a la pequeña.
-Está bien. –Dijo resignada
Clara. Ella veía en los equinos algo particular, al principio la atemorizaban
pero con el tiempo comprendió que ellos podían entenderlo todo con un vistazo.
Ahí estaba la magia de muchas cosas.
Acto seguido, Estefanía tomó su bolso y salió por la puerta
del frente. Se dio vuelta, miró a su hija con esa mirada que solo un padre
puede dibujar en su rostro. Esa que está llena de dolor pero que se disfraza de
emoción con una sonrisa en la boca. Quiso decirle que la amaba pero eso
causaría su llanto y consecuentemente, el llanto de su hija.
No sabía decirle que sus padres no estarían más juntos. Que
no los vería desayunar en la gran mesa, uno al lado del otro. Una silla estaría
vacía. Una voz menos rebotaría por las paredes. Una sombra menos se dibujaría
por los pasillos.
Giró sobre sus pies, dirigió su vista a la vereda y dudo en
avanzar. Suspiró hondo, al inhalar se le cruzaron muchos recuerdos y al exhalar
se abalanzó al porche. Cuando se le escapó todo el aire sintió que tenía un
peso menos, o eso creía a pesar de que no era cierto.
Encaminó hacia el auto, dejó las cosas en el asiento trasero
y finalmente se sentó adelante. Puso las manos en el volante temiendo a lo que
vendría. ¿Podría su hija entenderla?, ¿podría ella perdonarse? Dudaba de cuánto
bien le hacía a su hija dejándola con su padre, ella era su mejor amiga y la
conocía a la perfección. Tal vez Marcos no podría cuidarla como ella pero tenía
que aprender y ella entender que al final y al cabo era su padre. Lo importante
es que nunca le faltase nada, mucho menos amor.
Puso en marcha el auto, miró por
el vidrio. Bajó la ventanilla y sonrió, simular le estaba saliendo bien. Subió
la ventanilla, miró hacia delante y se marchó.
En el espejo retrovisor vio a la niña que miraba atenta, tal vez sí se había dado cuenta de que en el aire las cosas estaban tensas. Los niños son más sensibles, que no supiese decirlo no implicaba que no entendiera.
En el espejo retrovisor vio a la niña que miraba atenta, tal vez sí se había dado cuenta de que en el aire las cosas estaban tensas. Los niños son más sensibles, que no supiese decirlo no implicaba que no entendiera.
Los días pasaron. Estefanía no volvía. Marcos la llamaba
para que Clara hablara con ella, realmente la estaba extrañando.
-
Llora
todas las noches, hago lo que puedo pero quiere verte. Si no querés verme me
voy, te dejo la llave y después, cuando lo desees, te vas. Me parte el alma
verla así, ella siempre está sonriente y ahora solo está en el patio cortando
pasto, mirando el piso. Parece pensativa pero no me cuenta nada. Volvé. –Era
un pedido de auxilio, Marcos no podía con su trabajo y el cuidado de su hija,
hacía las horas que menos podía pero no le era posible dejar de trabajar.
-
De acuerdo.
Se oyó del otro lado del teléfono.
Me tomo dos días y voy para allá, yo también estoy muy deprimida. Sé que esto es para un bien, me fío de ello. Sin embargo no es nada fácil. Yo voy pero no quiero que malpienses, voy por ella, porque me necesita. Nada más.
Me tomo dos días y voy para allá, yo también estoy muy deprimida. Sé que esto es para un bien, me fío de ello. Sin embargo no es nada fácil. Yo voy pero no quiero que malpienses, voy por ella, porque me necesita. Nada más.
Y ahí se sintió el silencio. Cómo después
de años compartidos todo se marchitaba. Él sintió que había un poco de
esperanza, no quería perderla así como si nada. La amaba, le había dado al ser
más hermoso y puro del mundo. Esa niña los mantenía unidos, Clara era la luz de
su amor.
-
Está bien.
Avisame y listo. Puedo quedarme en el hotel de un amigo, el dinero no es
problema… bah!, qué te digo. Ya sabés eso. Y se rió con un poco de ironía.
-
Te mando
un mensaje, de todos modos no te hagas problema por la llave. Todavía conservo una copia. Sé que debo
dártela, cuando me vaya te la dejo o se la dejo a tus padres. No me parece
correcto conservarla.
-
Sí, me
parece bien. Respondió con tristeza. Igualmente,
no me molesta. Si sucede algo sé que puedo confiar en vos. No tengo dudas de
ello Tefi.
-
Marcos,
con cariño te pido que por favor no me llames así. Es difícil pero no estamos
más juntos. Y perdóname pero tengo que irme a trabajar, no me queda mucha luz
natural.
-
Perdón,
mala mía. Hablamos después. Se alejó el teléfono de la cara y se quedó
mirándolo, ella ya había cortado.
Instantáneamente recordó que cuando eran más jóvenes insistían en quién debía cortar la llamada, sus “para siempre” ahora no se oían más. Mucho menos el “siempre juntos”. Eso le dolía, no tanto como ver a su hija triste pero sí lo suficiente como para desear volver el tiempo atrás y buscar la falla para resolverla. Entendía que parte del problema era su trabajo, que irse de vacaciones a lugares exóticos solo lograba que la madre de su hija deseara cada vez más poder viajar para capturar esos bellos lugares con su cámara de manera profesional. No se arrepentía de ser padre, mucho menos de compartir eso con ella, sin embargo a veces se le cruzaba por la mente que por un descuido le arrebató un gran sueño a quien tanto amaba. Hizo todo lo posible, nunca les faltó nada ni les faltaría. De todos modos, no bastó. No podía adueñarse más del cariño de ella por más que quisiera, Estefanía era una persona lo suficientemente libre (y consciente de ello) como para optar qué hacer, cómo y cuándo.
Instantáneamente recordó que cuando eran más jóvenes insistían en quién debía cortar la llamada, sus “para siempre” ahora no se oían más. Mucho menos el “siempre juntos”. Eso le dolía, no tanto como ver a su hija triste pero sí lo suficiente como para desear volver el tiempo atrás y buscar la falla para resolverla. Entendía que parte del problema era su trabajo, que irse de vacaciones a lugares exóticos solo lograba que la madre de su hija deseara cada vez más poder viajar para capturar esos bellos lugares con su cámara de manera profesional. No se arrepentía de ser padre, mucho menos de compartir eso con ella, sin embargo a veces se le cruzaba por la mente que por un descuido le arrebató un gran sueño a quien tanto amaba. Hizo todo lo posible, nunca les faltó nada ni les faltaría. De todos modos, no bastó. No podía adueñarse más del cariño de ella por más que quisiera, Estefanía era una persona lo suficientemente libre (y consciente de ello) como para optar qué hacer, cómo y cuándo.
Chau.
Le dijo al teléfono con un tono apagado y miró a sus pies, Clara estaba ahí,
mirándolo como comprendiéndolo. Preguntándole al verlo fijo a los ojos si
estaba bien. A lo que él respondió con una sonrisa, puso su mano en la cabeza
de la niña y le alborotó el pelo. Ella sonrió, se oyó la risa típica de un
infante y él se sintió feliz. Verla bien le hacía un bien mayor. En ese momento
juró que la haría sonreír seguido, la pequeña era ahora quien alimentaba su
felicidad.
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