martes, 18 de noviembre de 2014

Cosas que cuestan *Las raíces de Clara 2*

- Mamá, ¿a dónde vas? Dijo la niña con una mirada inocente y preocupada.
- A hacer unas fotos, mi vida. Mami tiene que trabajar y traer cosas lindas para que veas. Te van a encantar, hoy mis modelos van a ser caballos.
- ¿Puedo ir?
- Perdoname, hoy no va a poder ser. Te prometo que mañana sí. Dijo para calmar a la pequeña.
-Está bien. –Dijo resignada Clara. Ella veía en los equinos algo particular, al principio la atemorizaban pero con el tiempo comprendió que ellos podían entenderlo todo con un vistazo. Ahí estaba la magia de muchas cosas.



Acto seguido, Estefanía tomó su bolso y salió por la puerta del frente. Se dio vuelta, miró a su hija con esa mirada que solo un padre puede dibujar en su rostro. Esa que está llena de dolor pero que se disfraza de emoción con una sonrisa en la boca. Quiso decirle que la amaba pero eso causaría su llanto y consecuentemente, el llanto de su hija.
No sabía decirle que sus padres no estarían más juntos. Que no los vería desayunar en la gran mesa, uno al lado del otro. Una silla estaría vacía. Una voz menos rebotaría por las paredes. Una sombra menos se dibujaría por los pasillos.
Giró sobre sus pies, dirigió su vista a la vereda y dudo en avanzar. Suspiró hondo, al inhalar se le cruzaron muchos recuerdos y al exhalar se abalanzó al porche. Cuando se le escapó todo el aire sintió que tenía un peso menos, o eso creía a pesar de que no era cierto.
Encaminó hacia el auto, dejó las cosas en el asiento trasero y finalmente se sentó adelante. Puso las manos en el volante temiendo a lo que vendría. ¿Podría su hija entenderla?, ¿podría ella perdonarse? Dudaba de cuánto bien le hacía a su hija dejándola con su padre, ella era su mejor amiga y la conocía a la perfección. Tal vez Marcos no podría cuidarla como ella pero tenía que aprender y ella entender que al final y al cabo era su padre. Lo importante es que nunca le faltase nada, mucho menos amor.
Puso en marcha el auto, miró por el vidrio. Bajó la ventanilla y sonrió, simular le estaba saliendo bien. Subió la ventanilla, miró hacia delante y se marchó.
En el espejo retrovisor vio a la niña que miraba atenta, tal vez sí se había dado cuenta de que en el aire las cosas estaban tensas. Los niños son más sensibles, que no supiese decirlo no implicaba que no entendiera.


Los días pasaron. Estefanía no volvía. Marcos la llamaba para que Clara hablara con ella, realmente la estaba extrañando.
-          Llora todas las noches, hago lo que puedo pero quiere verte. Si no querés verme me voy, te dejo la llave y después, cuando lo desees, te vas. Me parte el alma verla así, ella siempre está sonriente y ahora solo está en el patio cortando pasto, mirando el piso. Parece pensativa pero no me cuenta nada. Volvé. –Era un pedido de auxilio, Marcos no podía con su trabajo y el cuidado de su hija, hacía las horas que menos podía pero no le era posible dejar de trabajar.
-          De acuerdo. Se oyó del otro lado del teléfono.
Me tomo dos días y voy para allá, yo también estoy muy deprimida. Sé que esto es para un bien, me fío de ello. Sin embargo no es nada fácil. Yo voy pero no quiero que malpienses, voy por ella, porque me necesita. Nada más.

Y ahí se sintió el silencio. Cómo después de años compartidos todo se marchitaba. Él sintió que había un poco de esperanza, no quería perderla así como si nada. La amaba, le había dado al ser más hermoso y puro del mundo. Esa niña los mantenía unidos, Clara era la luz de su amor.
-          Está bien. Avisame y listo. Puedo quedarme en el hotel de un amigo, el dinero no es problema… bah!, qué te digo. Ya sabés eso. Y se rió con un poco de ironía.
-          Te mando un mensaje, de todos modos no te hagas problema por la llave. Todavía conservo una copia. Sé que debo dártela, cuando me vaya te la dejo o se la dejo a tus padres. No me parece correcto conservarla.
-          Sí, me parece bien. Respondió con tristeza. Igualmente, no me molesta. Si sucede algo sé que puedo confiar en vos. No tengo dudas de ello Tefi.
-          Marcos, con cariño te pido que por favor no me llames así. Es difícil pero no estamos más juntos. Y perdóname pero tengo que irme a trabajar, no me queda mucha luz natural.
-          Perdón, mala mía. Hablamos después. Se alejó el teléfono de la cara y se quedó mirándolo, ella ya había cortado.
Instantáneamente recordó que cuando eran más jóvenes insistían en quién debía cortar la llamada, sus “para siempre” ahora no se oían más. Mucho menos el “siempre juntos”. Eso le dolía, no tanto como ver a su hija triste pero sí lo suficiente como para desear volver el tiempo atrás y buscar la falla para resolverla. Entendía que parte del problema era su trabajo, que irse de vacaciones a lugares exóticos solo lograba que la madre de su hija deseara cada vez más poder viajar para capturar esos bellos lugares con su cámara de manera profesional. No se arrepentía de ser padre, mucho menos de compartir eso con ella, sin embargo a veces se le cruzaba por la mente que por un descuido le arrebató un gran sueño a quien tanto amaba. Hizo todo lo posible, nunca les faltó nada ni les faltaría. De todos modos, no bastó. No podía adueñarse más del cariño de ella por más que quisiera, Estefanía era una persona lo suficientemente libre (y consciente de ello) como para optar qué hacer, cómo y cuándo.

Chau. Le dijo al teléfono con un tono apagado y miró a sus pies, Clara estaba ahí, mirándolo como comprendiéndolo. Preguntándole al verlo fijo a los ojos si estaba bien. A lo que él respondió con una sonrisa, puso su mano en la cabeza de la niña y le alborotó el pelo. Ella sonrió, se oyó la risa típica de un infante y él se sintió feliz. Verla bien le hacía un bien mayor. En ese momento juró que la haría sonreír seguido, la pequeña era ahora quien alimentaba su felicidad.

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